miércoles, 26 de junio de 2013

Nietzsche: de los trasmundanos


   La causa de todo trasmundo y de todos los dioses o ídolos es la impotencia, la falta de valentía para afirmar todo lo que conlleva la Vida: alegrías, dolor, sufrimiento, muerte, placer, etc. Es el resultado de una vida fatigada, de una voluntad cansada de vivir que lo único que anhela es poder descansar y sentir algo de placer en su reducto de fantasía que es su trasmundo. Los dioses o ídolos no son más que creaciones surgidas de una demencia, de una enfermedad; fantasmas que nacen de las cenizas de los hombres, de la voluntad de poder negativa que se ha cansado de su propio querer y lo único que quiere es conformarse con su ilusión, con el trasmundo que ha creado al apartar la vista de sí misma, al renunciar a la Vida.

   De este modo, el mundo pierde realidad frente al trasmundo, pasando a ser una copia imperfecta de éste y justificando así el sufrimiento y el dolor. Y así, aquel que más sufra, que más anhele el trasmundo despreciando el cuerpo y la tierra, aquel que sea más cobarde, más ruin, o sea, que más odie a la Vida, ese será el que alcance la felicidad. Felicidad propia de la demencia, de la no aceptación del sufrimiento y de la vida, del resentimiento y de la venganza. Pero de lo que no son conscientes los trasmundanos es que aunque desprecien el cuerpo y la tierra es sólo gracias a ellos que son capaces de despreciar, es decir, es el cuerpo quien desespera de sí mismo y desea escapar fuera de sí.

   El trasmundo es el triunfo de una voluntad cansada de vivir, y por lo tanto de las fuerzas reactivas que se ejercen impidiendo que las demás fuerzas se actualicen o expresen según sus potencialidades. Debido a este cansancio por la vida, dicha voluntad en su anhelo se crea para sí misma un mundo ilusorio en el que ahora si será capaz de hallar la tan esperada felicidad. En este nuevo mundo eterizado sólo habrá lugar para las fuerzas reactivas junto a su voluntad negativa, ya no habrá más cansancio, y no, como en esta vida, en la cual por todos lados le asaltan fuerzas que desean actualizarse hasta sus últimas consecuencias según sus propias potencias, de lo que son pueden, y por consiguiente, le posibilitan a ella aunque sea sólo indirectamente a que cambie su modo de expresión, es decir, a que en vez de actualizarse negando a las demás sus potencialidades, lo haga llevando las suyas propias hacía expresiones plenas. Por ello, la fuente de esta voluntad no es otra que el odio hacia la Vida, hacia la infinitud de posibilidades que ésta tiene de expresarse.

   Tras toda trascendencia se halla siempre un cuerpo cansado de vivir, cansado de actualizarse según los modos de acción que le son propios, su naturaleza íntima, un cuerpo impotente que lo único que anhela es poder descansar de la actividad constantemente creativa de la Vida. Y por ello, su felicidad es la propia de la demencia, porque va en contra de la Vida, de los modos de acción propios de cada tipo de vida; es una felicidad que sólo alcanzarán aquellos que vayan contra su propio cuerpo, negando con ello sus propios modos de acción o de relación con la realidad, es una felicidad que sólo saborearán los más impotentes, los que más odien a la Vida, los más cobardes, y que sólo podrán gozar en el trasmundo de fantasía que se han creado para poder soportar el sufrimiento que les causa vivir, dolor al que se ven sometidas cada vez que las demás fuerzas se actualizan según lo que pueden, ya que posibilitan que caigan en la tentación de vivir, que se actualicen plenamente según sus potencialidades. Pero en su mundo celeste no tendrán que soportar más a esta Vida juguetona y cruel junto a todas sus fuerzas activas, sino que en él sólo habrá sitio para esa vida pobre y ruin caracterizada por las fuerzas reactivas, ya no habrá más lugar para el sufrimiento. Amen.

   Frente a ello, Nietzsche apuesta por una superación del hombre, por un cuerpo sano basado en la honestidad y en el sentido de la tierra, en el que dominen las fuerzas activas, es decir, en un cuerpo que actúe según las posibilidades que lo constituyen, buscando en cada acción expresarse del modo más excelente posible; una vida en la que ya no se crea en los fantasmas y en la que se acepte el sufrimiento como única condición de posibilidad de todo enriquecimiento, pues ser capaz de un mayor sufrimiento y de un mayor dolor implica una mayor sensibilidad para intuir nuevos posibles modos de acción, o sea, nuevos modos de crearse a sí mismo, de superarse deviniendo en algo diferente a lo que se era en cada momento.

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