jueves, 20 de junio de 2013

...hacia la seducción (II)




“Al comienzo estaba el secreto, y era la regla del juego de las apariencias. Luego llegó la inhibición, y fue la regla del juego de la profundidad. Finalmente apareció lo obsceno, y fue la regla de juego de un universo sin apariencias y sin profundidad, de un universo de la transparencia. Obscenidad blanca”[1]

Cuando hablamos de obscenidad debemos de distinguir entre dos tipos: la primera correspondería a la tradicional, u obscenidad negra, asociada a la inhibición sexual o social, de aquello que no es representado ni representable, de lo oculto, energía violenta de ruptura, de transgresión. Dicha obscenidad que pertenece a la parte exterior del sistema de representación, de la escena, es el infierno de la representación, el encanto de lo prohibido, de sus fantasías y perversiones. Pues bien, la obscenidad tradicional padece una inversión total en la obscenidad blanca o de la suprarrepresentación, cuyo carácter principal consiste en hacer estallar la escena de lo visible en un éxtasis de la representación. La transparencia ha dada lugar a la transparición (en lo social y en el sexo) como sentido, referencia, evidencia, pasando todo a ser superficial, y no teniendo ya nada secreto alguno, todo ha sido expulsado a lo real, todo es representado. Representación forzada. Ya no existe trascendencia, pues lo único que queda es la superficie inmanente de las operaciones y su desarrollo, superficie lisa, operacional de la comunicación[2].

De este modo, en nuestra sociedad de la imagen se han transgredido todos los límites de las escenas y de la verdad en búsqueda de la perfección social: el cielo ha bajado a la tierra, y “...lo que se perfilaba como una perspectiva radiante se vive ahora como una catástrofe a cámara lenta”. Ahora nos encontramos por fin en el paraiso: espacio homogéneo y terrorista de la hiperinformación y de la hipervisibilidad, hijo de la magia blanca del éxtasis, de la fascinación y la transparencia. Ya no queda lugar para la ilusión, la cual siempre ha sido un freno a lo real, sino que por el contrario asistimos a un desencadenamiento de lo real en un mundo sin ilusión; mundo hiperreal o forma extática de lo real como perfección tautológica y grotesca de los procesos de verdad[3].

La modernidad se caracteriza porque en ella es el sujeto quien hace la historia totalizando el mundo, y su esplendor coincide con la miseria del objeto ya que el ideal de la metafísica no es otro que el del mundo-sujeto en el que el objeto sólo es una pericia en el camino real de la subjetividad. El objeto es la parte maldita del sujeto, lo obsceno pasivo, la encarnación del mal, de la alienación pura, y que a su vez se ve sometido a la dialéctica del amo y del esclavo. Estamos en el pensamiento del deseo en el que el sujeto posee un privilegio absoluto: principio de equilibrio del mundo tranquilizador debido a que el sujeto tiene una historia y una economía (voluntad/mundo), no estando entregado al universo múltiple, monstruoso y fascinante, cruel y aleatorio de la seducción venida de fuera. No es más que la proyección por parte del sujeto de defenderse de la seducción, el no ser objeto de nada o presa de todas las formas circundantes y de sus seducciones.

Dice Baudrillard que “el sujeto ya no puede interpretar su propia fragilidad o su propia muerte por la simple razón de que ha sido inventado para defenderse de ellas, al mismo tiempo que de las seducciones,...”[4]. Y por ello su economía contiene una contradicción irresoluble: la posición de sujeto es insostenible. Pasando de una subjetividad fuerte a la transparencia e indiferencia.

De este modo, la única posición posible es la del objeto, objeto no dominado y que reivindica su autonomía frente al sujeto, desafiándolo al remitirlo a su posición imposible de sujeto. El objeto pertenece a la esfera de un pensamiento propio de la seducción en el que el sujeto ya no es el que desea, sino que el objeto es quien seduce. El objeto pasa a ser el inicio y fin de todo, ya que todo parte y termina en la seducción, jugando con la ausencia de deseo, pues sólo gracias a ella puede seducir: representar en el otro el efecto de deseo, provocarlo o anularlo, lo exalta o lo decepciona. Y el secreto de toda estrategia suya consiste en que éste no cree en su deseo, pues carece de él, no cree que nada le pertenezca en propiedad, no conoce la alteridad y por ello es inalienable. El objeto en el fondo es un espejo que fascina y seduce al sujeto remitiéndolo a su transparencia mortal, debido a que no irradia significación propia. Es el soberano, es decir, aquello sobre lo cual la soberanía del otro se rompe. El objeto es algo oculto que ignora la posesión, algo que sólo quiere seducir y que siempre gana, y que para ello juega con su servidumbre. Su poder consiste en su ironía, en su indiferencia. La indiferencia es superior a la diferencia, al igual que el silencio al sentido.

Primero se produjo un paso desde el horizonte del sujeto con sus objetos hacía uno en el que los objetos desaparecen quedando un sujeto débil, para desde él dar el salto hacia un nuevo horizonte en el que los objetos, desde su aparición, rodean al sujeto en su estrategia fatal: el sujeto termina de desaparecer en el horizonte del objeto, objeto fetiche que consigue borrar la accidentalidad, las causas, sustituyéndola por una necesidad absoluta. Ya no hay lugar para el deseo. El único deseo debe de ser en convertirse en destino del otro, en ser para él el acontecimineto que supera cualquier subjetividad, que absuelve al sujeto de sus fines, de su presencia y de toda responsabilidad: pasión definitivamente objetiva. El objeto es la figura de inversión de la causalidad. Tras toda subjetividad se halla siempre una objetividad oculta[5]. 

Nacimiento iniciático: siempre nos ocurre una cosa, un evento sin precedentes que viene de fuera y que inaugura un destino, liberándonos de nuestra historia. La seducción es la única y auténtica liberación. En la seducción la coincidencia del mundo y de los signos nos convierte en objeto de elección y de seducción. Lo que nos hace existir es el juego del mundo y de la seducción. Ésta nos arranca a nuestro propio deseo para devolvernos a la soberanía del mundo. Estamos ante un juego vertiginoso y superficial de las apariencias, que sin embargo no se trata del reino de la metáfora y de la interpretación, sino de la metamorfosis y de la adivinación. Juego que devuelve a los signos su fuerza, su secreto.

Y aunque en la evidencia de la seducción nada es indiferente, pues todo converge, se hace necesario erigir unos signos arbitrarios para delimitarla, unas reglas de juego que permitan reiniciar una y otra vez su encadenamiento fatal. Así pues, la estrategia consiste en provocar una desescalada de las cuasas racionales, y una escalada inversa de los encadenamientos mágicos. Se trata de un encadenamiento fatal de jugadas afortunadas, en lo que lo esencial es la fatalidad: el destino se ve atrapado en su propio juego: creación en cadena, no detenible, de un mundo entregado a la pura solicitación del espíritu. El destino es la seducción fulgurante de las formas.

“Lo que te lleva a existir no es la fuerza de tu deseo (todo lo imaginario energético y económico del siglo XIX), es el juego del mundo de la seducción, es la pasión se su lenguaje, de sus gestos, te turba, te engaña, te obliga a existir, jugar y ser jugado, es la pasión de la ilusión y de las apariencias, es lo que, venido de fuera, de los demás, de su rostro, es el encuentro, la sorpresa de lo que existe antes que tú, fuera de ti, sin ti – maravillosa exterioridad del objeto puro, del evento puro –, lo que sucede sin que tú intervengas para nada, qué alivio finalmente, sólo eso puede seducirte: se nos ha pedido tantas veces que fuéramos la causa de todo, que encontráramos una causa a todo. Objeto mineral, evento-solsticio, objeto sensual, forma desértica, todo eso nos seduce porque prescinde de nuestra economía de deseo, y porque en el fondo al ser no le interesa existir únicamente en su ser propio, no es nada y sólo existe si es suscitado fuera de él, en el juego de mundo y en el vértigo de la seducción”[6].

Dios sólo puede dejar que las cosas sigan su inclinación natural, su destino, es decir, que todas las formas se encadenen entre sí, lo que constituye la regla fundamental del juego: conjugación increíble de todas las formas de acuerdo con su destino: la catástrofe, la cual implica la abolición de las causas sumergiendo a éstas bajo los efectos, es decir, desmantelando los encadenamientos racionales y devolviendo a las cosas a su aparición pura. Este delirio de las formas y apariencias en que consiste la catástrofe depende del encadenamiento espontáneo de las apariencias, encadenamiento puro, sin referencias, de las cosas y los acontecimientos. Y de este modo, el único placer posible es el ver como las cosas se precipitan a la catástrofe, al reino de los encadenamientos vertiginosos. Y estos encadenamientos incalculables como loca distorsión del efecto y la causa a través de la seducción constituyen la trama de la vida, y toda estrategia solamente intenta reproducirlos[7].

“Todos somos unos jugadores. Es decir lo que esperamos con mayor intensidad es que se deshagan de vez en cuando los encadenamientos racionales, que van paso a paso, y que se instalen, aunque sólo sea por un breve tiempo, un desarrollo increíble de otro tipo, un incremento maravilloso de los acontecimientos, una sucesión extraordinaria, como predestinada de los menores detalles, en la que se tiene la impresión de que las cosas, hasta entonces mantenidas artificialmente a distancia por un contrato de sucesión y causalidad, de repente, no están entregadas al azar, sino espontáneamente convergentes y concurriendo a la misma intensidad por su propio encadenamiento.”[8]



[1] J.BAUDRILLARD, Las estrategias fatales, Anagrama Barcelona 1984, p.67
[2] Cfr, J.BAUDRILLARD, Las estrategias fatales, Anagrama Barcelona 1984, pp. 67-68
[3] Ibid, pp. 75-76
[4] J.BAUDRILLARD, Las estrategias fatales, Anagrama Barcelona 1984, p.123
[5] Cfr, J.BAUDRILLARD, Las estrategias fatales, Anagrama Barcelona 1984, pp. 121-125
[6] J.BAUDRILLARD, Las estrategias fatales, Anagrama Barcelona 1984, p. 150
[7] Cfr, J.BAUDRILLARD, Las estrategias fatales, Anagrama Barcelona 1984, pp. 148-154 y 164-168
[8] J.BAUDRILLARD, Las estrategias fatales, Anagrama Barcelona 1984, p. 165


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miércoles, 19 de junio de 2013

domingo, 16 de junio de 2013

Paseando junto a Baudrillard....(I)




Existe un desprecio filosófico a la hora de tratar la obra de Baudrillard. Dicho desprecio se expresa principalmente a través de tres vías: (1) aquella que lo reduce a un simple impresionismo sociológico, a un proceso de efectismo de una jerga fácil, de una retórica excesivamente espectacular; (2) la que lo considera políticamente deleznable a causa de la ironía que muestra por nuestros valores ilustrados y democráticos y su empatía hacía las sociedades exteriores; (3) y por último, la que lo rechaza tajantemente por su persistencia en mantener el referente de lo singular, de la inmediatez brutal y no representable, de lo simbólico que brota de una relación afirmativa con la muerte y que constituye la vitalidad como fuerza común política e impolítica. En resumen, la virulencia crítica mostrada ante su pensamiento se debe a la dureza que muestra contra nuestro nihilismo espectacular y a su simpatía por la fuerza simbólica de las culturas atrasadas.

Y su nostalgia por la universalidad de lo singular, por el desierto (indeterminación = suelo) como suma total de nuestras posibilidades, aquí y ahora, se ve enfrentada al complot que lleva a cabo nuestra cultura contra lo real mediante el bloqueo de su acontecimiento imprevisible e inaceptable (la exterioridad), pues lo real, la existencia que queda fuera, es concebida como el Mal. Dicho complot encuentra su expresión (filosofía, cultura, arte) en la fascinación mostrada por las tecnologías de moda, que no es sino ideología de la comunicación, cuyo fin es la prostitución y exterminio de lo real por su doble, por su copia: crimen perfecto en el cual ya no queda rastro del cadáver, y ese es el objetivo del asesinato de lo real a manos del reino de la copia, de la clonación generalizada, consecuencia de un puritarismo de la ideología de la digitalización cuya base se halla en al obsesión por acabar con toda dualidad. Llegamos al grado Xerox de la especie, al duplicado, como lo es la Unión Europea de los EEUU.

En correlación a este idealismo que caracteriza a nuestra sociedad se halla la simpatía que muestra por las masas como resistencia sorda a los valores culturales de la elite y a su soberana indiferencia a la alta cultura ilustrada, la cual se ve sometida a una desaparición paródica en el fondo estadístico de las pantallas. Esta indiferencia que entusiasma a Baudrillard es despreciada por la burocracia intelectual como algo tosco y bárbaro, ya que remite a una revuelta metafísica, impolítica, de una comunidad que viene a golpe de acontecimiento, revuelta que apunta a que la crisis del sistema (aunque vivimos en el sistema de la crisis y de la obsesión por la seguridad) viene por el choque con las culturas exteriores.

Por otro lado, el sistema económico propio de nuestra sociedad se caracteriza por el simulacro y por el concepto de diferencia como equivalencia o indiferencia radical. La diferencia del código es la posibilidad de un principio de equivalencia, lo cual obtiene su mayor expresión en el dinero. Dicho sistema ha ido evolucionando desde una lógica funcional, del uso, y pasando por una lógica económica o del cambio, hacia una lógica diferencial o del signo[1]. La sociedad de consumo que ha dado lugar se caracteriza por la circulación de imágenes/signos que constituyen la esencia de la mercancía (y no su utilidad), pasando a convertirse los objetos en meros simulacros, en los que el valor de cambio encuentra su soporte en el valor de uso, el cual nunca fue tal sino solamente una mera excusa del primero.

Esta lógica diferencial no tiene como propósito más que la transformación del mundo en un orden de simulacros, y para realizar dicho control se basa en un código del signo y la diferencia (que favorece a ciertos intereses). Dicho código es una estructura de control y modelo más sutil y totalizante que la explotación, ya que se erige como una estructura equivalente a la realidad, llegando incluso a sustituirla dando paso a la hiperrealidad. Así pues, lo importante no es ya el monopolio de los medios de producción, sino el monopolio del código que favorece a ciertos intereses. De este modo, el cuestionamiento que se lleva a cabo de la desigualdad económica sólo tiene por objetivo la integración de todas las capas de la sociedad en el consumo, el cual se ha convertido en el nuevo imperativo, es decir, dentro del código. Y el consumo no es más que la actividad de manipulación sistemática de signos, es decir, la totalidad virtual de todos los objetos y mensajes constituidos desde ahora en un discurso más o menos coherente. Este proceso sistemático e indefinido crea objetos-signo equivalentes y multiplicados hasta el infinito, pero en el que no se consumen los objetos sino la relación misma, significada y ausente. Es la idea de relación en la serie de objetos que la exhibe lo que se consume, o sea, que es la moda y el status el auténtico objeto de consumo con lo que estamos ante un idealismo realizado: sociedad narcisista.

Pero ante todo ello, es asombroso que siempre haya algo que resista al infinito de la producción, ya que toda tentativa de acumulación está siempre devastada de antemano por el vacío que la destruye y liquida. Por ello, Baudrillard apuesta por el retorno al intercambio simbólico como marco estructural dinámico en el que los seres humanos entren en relación, es decir, como condición de posibilidad de todo encuentro. Y de este modo todo objeto se disolverá en dicho intercambio, dejando de ser bienes de uso, mercancías, o formas/signos, y tampoco serán ya diferencias que intercambiar, pues el intercambio simbólico no es más que la relación infinita que antecede, sucede y supera a todas las diferencias, consumiéndolas y aniquilándolas.

En fin, según nos indica Baudrillard, se hace necesario un doble gesto: por un lado, no hay que prescindir del presente, de la exterioridad óntica que la filosofía oficial desprecia; y por otro, hay que consumar en el presente común la magia de lo otro, la dramaturgia de su desaparición, ya que la desaparición es la impertinente resurrección de una singularidad que se fuga de nuestra empalizada de signos, del arte y la cultura como obsesiva seguridad. La esencia solamente es existencia, lo que conlleva que es de gran importancia hacer todo lo posible para que la desaparición continúe viva como potencia y misterio que persiste en todo acto, y en ello va a consistir el secreto del arte y la seducción.



[1] A partir de los intercambios simbólicos, es decir, de los flujos simbólicos que rigen el marco relacional en el que los objetos se inscriben, y mediante la abstracción, se llevó a cabo la inauguración de la lógica de la mercancía y del signo. Y de este modo, primeramente, surgió el valor de uso perteneciente al objeto y cuyo significado es heredero del intercambio simbólico, y que no fue más que una excusa, para justo después, dar el paso hacia el valor de cambio y al signo.


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jueves, 13 de junio de 2013

Refutación del Platonismo y de la Sofística




“...los dialécticos y los sofistas se revisten del mismo aspecto que el filósofo. La sofística, desde luego, es sólo sabiduría aparente, y los dialécticos discuten acerca de todas las cosas – y lo que es constituye lo común a todas las cosas – y discuten evidentemente acerca de tales cuestiones porque son el asunto propio de la filosofía. En efecto, la Sofística y la Dialéctica giran en torno al mismo género que la Filosofía, pero ésta difiere de la una [de la dialéctica] por el modo de la potencia y de la otra [de la sofística] por el tipo de vida elegido: y es que la Dialéctica es tentativa y refutativa de lo que la Filosofía es cognoscitiva, y la Sofística es aparente pero no es real.” Metaf. IV, 10004b 18-27 (1)


La clave para la comprensión de la filosofía de Aristóteles estriba en el estudio sobre la polémica en la que el estagirita se ve envuelto, por un lado, contra la racionalidad dialéctica-platónica-pitagórica, y por otro, contra la racionalidad propia de la sofística. Lo que caracteriza a ambas racionalidades es la exigencia por la cual piden que de los primeros principios también halla demostración, incurriendo con ello en petición de principio ya que siempre se mantienen en el plano cinético-motriz-material propio del movimiento y de las categorías. Y ello se debe principalmente a una cuestión ética, en no saber y/o querer reconocer y afirmar los límites constituyentes de la realidad, que vienen ya-siempre regalados, apostando en cambio por el sueño infinito y sin límite de una razón todo poderosa que desea ser autosuficiente, absoluta y legisladora de toda-cada vida (2).

En lo que respecta a la dialéctica, ésta no sabe detenerse en los primeros principios y demanda demostración de todo, incluido ellos, a los cuales se ve incapacitada para acceder ya que para alcanzarlos se hace necesario comprender que la lógica predicativa propia del juicio pertenece al ámbito material-potencial mientras que los primeros principios se encuentran en el ámbito inmaterial de la acción, al cual sólo se puede tener acceso a través de la intuición intelectual, y nunca del juicio y de la demostración. Por ello, la dialéctica es tentativa debido a que nunca alcanza el fin de su estudio por permanecer siempre en el ámbito potencial propio de los contrarios, quedándose encerrada en el movimiento lógico – en contra de la sofística que permanecerá atada al movimiento físico – sin tener acceso a aquello que ya no tiene contrario: la acción. 

Así pues, el platonismo al intentar acceder mediante el juicio a los primeros principios convierte a éstos en predicados, o sea, en géneros extensos a partir de lo cuales se derivan las diferencias. Los universales, compuestos lógicos de género y diferencia, son hipostasiados a otro mundo, pasando el ser a convertirse en un Uno-Todo indeterminado e infinito ya que cada universal se ve contenido en otro de mayor extensión y así sucesivamente hasta alcanzar a ser el predicado más oscuro de todos, el Uno-Todo, que se asemeja extraordinariamente al No Ser o Nada. Además, la racionalidad propia del platonismo es sumamente violenta debido a que nos encontramos ante una racionalidad monológica y holista basada en la lógica del origen y del juicio inquisitivo siempre insatisfecho, que nunca llega a su fin y que la única manera que posee de perpetuarse, y por lo tanto de participar en la eternidad, es imponiéndose por la fuerza.

Por el otro lado en lo que se refiere a la sofística, ésta sólo toma en consideración a los fenómenos sensibles, reduciendo con ello toda la realidad a meros accidentes, pasando a ser el hombre quien determina las leyes del lenguaje y con ello de la realidad. La sofística defiende que las únicas leyes, y verdades, que pueden existir son las que establecen los hombres entre sí por conveniencia, con lo que renuncia a poseer verdad alguna y denuncia todo intento de investigación ontológica como infecundo. El hombre pasa a ser la medida de todas las cosas, como enunciaba Protágoras, y el lenguaje pasa de ser el ámbito de manifestación de lo real y su verdad, junto a sus leyes, a un mero juguete instrumental en manos del hombre. De modo que, se sigue permaneciendo en la temporalidad lineal propia del origen y del mito. En relación con ello, la sofística es dueña de un grave peligro, pues bajo su apariencia de tolerancia hacia las diferencias y su crítica al platonismo por monista y dogmático, también ella, por relativista, es monista y violenta, ya que lo único que hace a diferencia de la Academia es multiplicar al infinito su estructura del Uno-Todo dando lugar a una infinitud de unos-todos indiferenciados entre los cuales no se da ningún enlace y criterio. Se pasa del mito del Uno-Todo-Poderoso al mito de los unos-todos-poderosos, las dos caras de la moneda del antropomorfismo.

Así pues, tanto el platonismo como la sofística no saben detener la lógica del lenguaje predicativo y atributivo – propio del ámbito de las categorías y del movimiento – llevándola a ocupar el ámbito de los primeros principios. Uno, el platonismo, lo hace por exceso, potenciando la unidad genérica sobre las diferencias o determinaciones; y el otro, la sofística, los hace por defecto, potenciando las diferencias contingentes sobre la totalidad de lo real.

Contra los dos absolutos, el del Uno y el de los múltiples unos, Aristóteles apuesta por una verdadera pluralidad ordenada y enlazada, ya que razonar es mostrar cómo se enlaza lo condicionado a su causa, en la que se admita que las leyes ontológicas del lenguaje, el principio de no contradicción, corresponden a las leyes de la realidad, y que éstas no son puestas por el hombre, sino que vienen ya siempre dadas y que sólo a partir de ellas el hombre se ve capacitado para pensar. Ello no supone que se rechace ni la perspectiva de lo uno – de los universales genéricos – ni de lo múltiple –de lo sensible – sino que se articulen ambos ámbitos en referencia a lo que si es primero en sí, la entidad. O sea, que se pase de un modo de razón que para afirmar su propia perspectiva de la realidad se ve obligada a despreciar y negar a los otros diversos enfoques, hacia una racionalidad que se caracteriza por saber conjugar-articular-subordinar las diferentes perspectivas ya que cada una de ellas, si bien todas hablan de la realidad, lo hacen respecto a un diferente plano de ésta (3).

Pero antes de finalizar con este capítulo creemos conveniente que quede lo suficientemente claro que el ser no es un género, un universal genérico común, un predicado, porque la entidad – lo propio de cada cosa – no se predica de un sujeto mientras que el universal siempre se predica de un sujeto. En orden a esto, no existe un género universal como un Uno-Todo indiferenciado a partir del cual procederían vía generativa o material por división o derivación extensa la pluralidad, la cual se encontraría subsumida en esta Nada. Con todo concluimos que la Metafísica aristotélica ni es una ontología general ni una teología particular pues se halla en las antípodas de cualquier criterio extensivo, siendo el suyo el de la comprensión intensiva por vía formal-final (4), ya que la realidad acontece en perspectivas diferenciales coherentes o enlazadas. Con lo que la Ontología, el lógos-del-ente, es una ontología hermenéutica cuya tarea es “escuchar el discurso del ser, a través de una crítica del discurso humano para convertirlo en adecuado: verdadero: el lugar donde se muestren, discutan y aparezcan los significados-sentidos de la realidad, tanto como su estructura y orden” (5), distinguiendo las plurales dimensiones de lo real con fin a integrarlas ordenadamente, ya que se trata de diferencias enlazadas a sus polos o primeros principios, ya irreferenciales, que son las dimensiones más plenas de la realidad: las acciones (6).

NOTAS

(1)La traducción del texto presentada corresponde a la realizada por T. Oñate y Zubía y C. García Santos, la cual ha sido extraída de la obra T.OÑATE, El nacimiento de la filosofía en Grecia. Viaje al inicio de Occidente, Dykinson, Madrid 2004, p.251
(2)Cfr., T.OÑATE, El nacimiento de la filosofía en Grecia. Viaje al inicio de Occidente, Dykinson, Madrid 2004, pp.249-251
(3)Para profundizar más en la polémica que Aristóteles lleva a cabo tanto con los platónicos-pitagóricos como con los sofistas ver T.OÑATE, El nacimiento de la filosofía en Grecia. Viaje al inicio de Occidente, Dykinson, Madrid 2004, pp.249-257 y T.OÑATE, Para leer la Metafísica de Aristóteles en el siglo XXI, Dykinson, Madrid 2001, pp. 210-212 y pp. 595-598 (Libro G ), en cuyas páginas me he basado.
(4)Cfr., T.OÑATE, Para leer la Metafísica de Aristóteles en el siglo XXI, Dykinson, Madrid 2001, pp. 39-44
(5)T.OÑATE, Para leer la Metafísica de Aristóteles en el siglo XXI, Dykinson, Madrid 2001, p. 56
(6)Cfr., T.OÑATE, Para leer la Metafísica de Aristóteles en el siglo XXI, Dykinson, Madrid 2001, pp. 53-59


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domingo, 26 de mayo de 2013

Método dialéctico o dialogal



Lo que está en juego es la búsqueda de las causas y de los principios de los entes. El método que Aristóteles lleva a cabo en dicha búsqueda es un modo de racionalidad dialéctica o de diálogo con las opiniones y tesis más autorizadas que se han vertido en lo concerniente a dicho problema. Así pues, dicho método partirá y se basará en los éndoxa para a partir de ellos diseñar y valorar críticamente el estado de la
cuestión sobre cuales son las causas y los principios de los entes. El siguiente momento del método es el aporemático, en el cual se pondrá a las diversas posturas a dialogar entre si para hacer notar que puntos convergen y en cuales difieren, con la finalidad de aclarar que cuestiones son las que se hallan en juego y suprimir todos aquellos falsos planteamientos que nos mantenga atenazados y no nos permitan la llegada a aquello a lo que dirige nuestra búsqueda. En el tercer momento se replantean las cuestiones en búsqueda de soluciones a las aporías (1), con lo que nos encontramos en un momento hermenéutico en el cual se tiene en cuenta los diferentes planteamientos que han surgido en y a través de la tradición en la que se inscriben, con el propósito de reelaborarlos crítica y racionalmente a favor de la verdad.


Un aspecto de gran relevancia que no nos gustaría dejar sin tratar es que el método filosófico aristotélico ni es silogístico ni demostrativo, es decir, que no opera por división-derivación a partir de un origen, ya que aquello a lo que se pretende llegar, los primero principios, son indemostrables y no se tratan de géneros extensos. Además, el método dialéctico propio de la filosofía no es tentativo como la dialéctica platónica sino que es conclusivo debido a que él si es capaz de alcanzar aquello que persigue.

Con todo ello, el método se convierte en una vía refutativa en la que está prohibido el recurso al infinito en lo que se refiere a la búsqueda de los primeros principios, teniendo siempre presente que “lo primero para nosotros es lo último en sí y lo primero en sí es lo último para nosotros”. Por último, reseñar que los momentos que lo estructuran se hallan entre sí en una relación sincrónica, y no en un orden procesual-diacrónico, con lo que se pueden intercambiar o combinar. De este modo, se puede concluir que el método propio de la filosofía es la discusión histórica, hermenéutica y dialógica de los problemas que la tradición nos ha legado, renovando a la misma tradición a la que se pertenece a la misma vez que conseguimos abrirnos paso a través de los problemas que nos trasmite (2).

NOTAS

(1) Es de gran importancia tener siempre presente que la única salida a una aporía es la comprensión de que el problema al que intenta dar solución se encuentra mal planteado, con lo que para abrirse paso a través de ella se hace necesario un nuevo planteamiento del problema, siéndose consciente de que éste se halla inscrito ya siempre en una tradición cultural y lingüística.
(2)Cfr., T.OÑATE, Para leer la Metafísica de Aristóteles en el siglo XXI,
Dykinson, Madrid 2001, pp. 84-85 y 563-564 y 573-574


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sábado, 18 de mayo de 2013

Nietzsche: de las alegrías y de las pasiones




            El cuerpo podría considerarse como un campo de batalla entre las diversas fuerzas o potencias que lo atraviesan, una lucha encarnecida entre pasiones (demonios) y virtudes (ángeles). Toda virtud (pasión alegre) y pasión triste son hábitos o costumbres, y como tales siempre son modos concretos que tiene las fuerzas o potencias de actualizarse y relacionarse entre sí. Así pues, las virtudes remiten a hábitos caracterizados por una relación entre las fuerzas o potencias en la que la diferencia-relación que se ha impuesto es la que corresponde a las activas, o sea, que las fuerzas se expresan o se actualizan según de lo que son capaces y en su justa medida, lo que les permite alcanzar la excelencia. Mientras que por otro lado, la relación imperante en las pasiones tristes es la impuesta por las fuerzas o potencias reactivas, relación a través de la cual las restantes fuerzas o potencias se ven separadas de sus propias capacidades, hallando su modo de expresión ya sea en el defecto o en el exceso, pero sin la medida adecuada y por lo tanto sin excelencia . Tras lo dicho, el hombre superior, caracterizado por una voluntad de poder afirmativa, transformará sus pasiones tristes en pasiones alegres, o sea, en virtudes que remitan al sentido de la tierra, de la vida. Pero esta afirmación de lo trágico no conlleva la cesación de la guerra, pues también se da lucha entre las diversas virtudes, lucha que por otro lado es necesaria ya que cada virtud quiere para sí toda la voluntad de poder. Con lo que el camino hacia la superación del hombre pasa por esta guerra entre virtudes, por un verdadero amor hacia éstas, entendidas ellas como hábitos creativos breves, o sea, dispuestos a perecer para dar lugar a otros todavía más creativos, o lo que es lo mismo, a una mayor sensibilidad.

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